Monseñor Rico Pavés escribe sobre la figura del Cardenal D. Marcelo en el décimo octavo aniversario de su fallecimiento

Monseñor Rico Pavés escribe sobre la figura del Cardenal D. Marcelo en el décimo octavo aniversario de su fallecimiento


23 agosto, 2022

Don Marcelo no fundó una escuela, pero creó escuela. Pasan los años desde su fallecimiento y su figura, lejos de caer en el olvido, crece con el paso del tiempo junto con su legado espiritual. Somos muchos los que seguimos aprendiendo en su escuela: seglares, personas consagradas o clérigos. La memoria de su vida, la lectura de sus escritos o la escucha de sus palabras -aún hoy posible- es fuente límpida de una enseñanza que no envejece con el tiempo porque conduce sin ambages al Divino Maestro, que es el mismo ayer, hoy y siempre (Heb 13, 8). Este fue su principal deseo: poner su palabra al servicio del Verbo, guiar a otros al abrazo de la Madre Iglesia, llevar el evangelio a los pobres (pauperes evangelizantur). Como obispo de Astorga, don Marcelo participó en las sesiones del último concilio ecuménico de la Iglesia Católica.

Benedicto XVI afirmó de él que fue «la persona que mejor ha interpretado y aplicado el Concilio Vaticano II». Al releer el Decreto conciliar Christus Dominus sobre el ministerio pastoral de los obispos es fácil traer a la memoria recuerdos que muestran claramente cómo don Marcelo fue padre del Concilio Vaticano II y trabajó arduamente para su correcta recepción.

Llegué a Toledo el año que el cardenal cumplía sus bodas de plata episcopales. Aún era joven y, sin embargo, ya tenía una dilatada y probada experiencia en el oficio de enseñar, de santificar y de regir. Lo conocí en el verano de 1985: participé por primera vez en la catedral primada en una celebración eucarística donde numerosos seminaristas recibieron ministerios y la ordenación diaconal y presbiteral. Tres detalles me llamaron entonces especialmente la atención: la fuerza de la palabra de don Marcelo, la solemnidad de la celebración y la ordenada presencia de muchísimos fieles. Semanas después ingresé en el Seminario Santa Leocadia y esos detalles se convirtieron en un referente habitual de la formación sacerdotal.

Don Marcelo fue un servidor de la Palabra, que se entregó con dedicación ejemplar al oficio de enseñar. Aún hoy me sorprendo al recordar el vigor de su predicación, la cordialidad de su conversación y la claridad de su enseñanza. Los seminaristas escuchábamos con agrado sus homilías: las reteníamos y comentábamos, repitiendo algunas de sus expresiones y gestos. Todavía lo hacemos, cuando nos juntamos los condiscípulos y recordamos los años preciosos del Seminario. Al final de la semana anual de Ejercicios Espirituales esperábamos con verdadera ilusión la última plática que siempre se reservaba: el cardenal agradecía la tarea del predicador y nos exhortaba al cuidado de la vida interior llamándonos a una vida santa. 

Sus intervenciones en los actos académicos eran siempre oportunas: destacaba los aciertos, corregía con serena firmeza los errores y, cuando hacía falta, sabía poner fin a la locuacidad desbocada de ponentes que superaban su tiempo con un sonoro «et reliqua…» acompañado de un cordial agradecimiento. Sabedor del deber que tienen los obispos de enseñar, no solo demostró en su enseñanza la materna solicitud de la Iglesia para con todos los hombres, sino que proveyó las diócesis que apacentó con medios personales y materiales para la formación de los fieles. Las Semanas de Teología Espiritual fueron un faro luminoso, desde el que se irradiaba la sana doctrina en unos años no exentos de oscuros nubarrones. Don Marcelo puso en el centro de sus preocupaciones la formación de los futuros sacerdotes. Su Carta Pastoral ‘Un seminario nuevo y libre’ (1973) sigue siendo plenamente actual. Como actuales y preclaras siguen siendo sus pastorales sobre la situación política y social que le tocó vivir. No rehuyó el diálogo con políticos, científicos o artistas, sino que con todos entabló diálogos de salvación, distinguiéndose siempre por la claridad de su conversación.

Don Marcelo fue un dispensador fiel de los misterios de Dios. En el ejercicio de su deber de santificar, nos enseñó con su propia vida a gustar la Liturgia y a centrar en ella la vida espiritual. De su manera de celebrar aprendimos que solemnidad no significa pomposa artificialidad sino respetuoso sentido del misterio. Su nombre ha quedado unido para siempre a la restauración de la Liturgia Hispana (Rito hispano mozárabe). Durante los años que don Marcelo presidió la Comisión Episcopal de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española se nos daba a los seminaristas de Toledo la oportunidad de participar en las Jornadas de Liturgia que organizaba la Comisión.

Tuve la dicha providencial de participar en las de 1988 dedicadas al tema ‘La iniciación cristiana hoy: liturgia y catequesis’. Años después, siendo profesor de esa materia, recordé la oportunísima intervención de don Marcelo tras una ponencia muy aplaudida en la que se presentaba la Confirmación como el sacramento de la juventud y se invitaba a su recepción en edad avanzada, después de una prolongada preparación. Al concluir esa ponencia, el cardenal pidió al obispo emérito de Jaén, Miguel Peinado, allí presente, que contara cómo había confirmado a una niña pequeña que acompañaba a su hermano mayor adolescente en su Confirmación. Se oyeron entonces algunas exclamaciones airadas entre el auditorio, a las que respondió don Marcelo con una sonrisa agradecida que ratificaba la cordura pastoral del obispo Peinado frente a planteamientos que han alterado el orden propio de los sacramentos de iniciación y la comprensión católica de la Confirmación.

Don Marcelo fue pastor con corazón de padre en el gobierno de sus diócesis. Apacentó al Pueblo fiel con autoridad, no con autoritarismo; con firmeza, no con rigidez. Supo suscitar colaboradores leales. Trató con caridad especial a los seminaristas y sacerdotes, para los que siempre estuvo disponible. Acompañó con criterio lúcido y prudencia a los seglares y a las personas consagradas. Todavía me sorprende que el cardenal, cuando yo aún era seminarista, retuviera mi nombre. Me llamaba ‘Pepe Rico’, como mis compañeros y amigos todavía lo hacen. Así me llamó la última vez que hablé con él más detenidamente, el 25 de febrero de 2003. Ese día se presentó en el Seminario de Toledo la instrucción pastoral Valoración moral del terrorismo en España. En el acto intervino el obispo auxiliar de Madrid, don Eugenio Romero Pose, presidente entonces de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, de la que yo era el secretario. Tras la presentación, antes de volver a Madrid, don Eugenio quiso saludar a don Marcelo. Lo visitamos en la Residencia de las Hermanas Angélicas. Tuve allí el privilegio de asistir al coloquio lúcido de dos obispos queridos y admirados.

Al cumplirse el décimo aniversario de mi nombramiento episcopal reitero las palabras que entonces pronuncié: «ruego al Señor que me conceda ser digno obispo de Don Marcelo, en cuya escuela deseo seguir aprendiendo».

ASIDONIA

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